domingo, 30 de diciembre de 2012

Porque supe correr a tiempo, again

Nadie te enseña a correr. un día te arrastras, al otro día das dos pasos y así, ad infinitum.

Hace un año...

se me estaban yendo las tripas por las lágrimas. Hoy puedo decir que qué chingón y sorpresivo, terrible y hermoso, todo lo que me ha pasado. Respiro burbujas ensangrentadas.

sábado, 28 de enero de 2012

"Me, my pappy and his lemonade"

Es raro darte cuenta de que puedes vivir sola. Que está sobrevalorada la idea de tener un sujeto que se convierte en objeto de depósito de todo lo que uno no es y de lo que quiere ser. A mí no me pasó nada a lo largo de descubrir qué fácil es la soledad, a pesar de que se amontonen las caravanas de ropa, los libros, las películas, las ganas de perderse y saltar. Yo nunca salto, mi miedo al vacío es aún más grande que cualquier otra cosa. Let's drink a toast. ¿Por qué? Porque sobreviví. Porque me contuve. Porque supe correr a tiempo, again. Nomás por eso.

viernes, 27 de enero de 2012

Yo no tenía nada...

... y no me importaban las mujeres semidesnudas, los topless, media hermosa Argentina vacacionando, la piel perfecta, los músculos. Ass, ass, ass. I'm sexy and I know it. No me quité la ropa ni los audífonos. Para qué quería el mar si tenía mi propio sonido. Quería gritar. Quería drogas. Quería más gotitas. Y andaba con mi frasco de rivotril como una teta materna. Por la noche cerraba los ojos y esperaba que nada estuviera pasando. Yo no tenía nada. Pero en ese vacío, en lo ridículo y sorpresivo y absurdo que es despertarse "lack of" me di cuenta de que sí tenía algo: el instinto de vida que me hubiera dado pena reconocer. Ya nada más me faltaba tener Dios... fe y pagar mis impuestos. Hacienda me iba a coger y yo seguía pensando en que carecía de todo: por lo menos no me iba a faltar cárcel. Ni dolor. Ni una funda de la almohada sobre la cabeza, como dice la canción. "Me, my pappy and his lemonade".

Lágrimas en los tacos

Yo traía mi gorra de Hello Kitty y no me había bañado: era una mugrosa en chanclas. Traía los pegotes del rimmel corrido del día anterior y la tristeza muy metida en el pecho, como corcho de vino tinto. "Puta madre. Pinche puto. Puuuuto", me repetía durante las cuadras y cuadras en las que caminaba con Dro buscando comida. Entramos a un lugar de carnitas, en donde el olor a grasa me impregnó la piel. Nauseas. El olor a frito es una de las pesadillas que recurren a mí, por eso siempre odiaba comer cuando trabajaba. Sentía que el olor se me había metido en los poros, en los dientes, en el cabello, y que no importaba cuánta pasta usara, siempre tendría ese tufillo asqueroso. Pero no importó en esa ocasión tanto. Pedí agua de horchata, dulzona. Pedí una quesadilla de queso y se burlaron. "La quesadilla de queso". "Pinches putos todos", pensé. Y a mitad de la mordida de Dro de uno de buche, y con un par de más de tripa con un chingo de salsa en el plato, me puse a llorar. Lloré hasta que tenía una montaña de bolitas de servilleta y la mirada atenta de los comensales, que seguramente apestaban a resaca. Yo apestaba a tristeza y me di cuenta de que sí, uno va con su nube negra a cualquier destino por más tropical que sea. Lloré sobre la mesa, mientras mi amiga pedía otro más de "gordito" con todo. Con todo. Ella quería todo, yo no tenía nada.