viernes, 27 de enero de 2012

Lágrimas en los tacos

Yo traía mi gorra de Hello Kitty y no me había bañado: era una mugrosa en chanclas. Traía los pegotes del rimmel corrido del día anterior y la tristeza muy metida en el pecho, como corcho de vino tinto. "Puta madre. Pinche puto. Puuuuto", me repetía durante las cuadras y cuadras en las que caminaba con Dro buscando comida. Entramos a un lugar de carnitas, en donde el olor a grasa me impregnó la piel. Nauseas. El olor a frito es una de las pesadillas que recurren a mí, por eso siempre odiaba comer cuando trabajaba. Sentía que el olor se me había metido en los poros, en los dientes, en el cabello, y que no importaba cuánta pasta usara, siempre tendría ese tufillo asqueroso. Pero no importó en esa ocasión tanto. Pedí agua de horchata, dulzona. Pedí una quesadilla de queso y se burlaron. "La quesadilla de queso". "Pinches putos todos", pensé. Y a mitad de la mordida de Dro de uno de buche, y con un par de más de tripa con un chingo de salsa en el plato, me puse a llorar. Lloré hasta que tenía una montaña de bolitas de servilleta y la mirada atenta de los comensales, que seguramente apestaban a resaca. Yo apestaba a tristeza y me di cuenta de que sí, uno va con su nube negra a cualquier destino por más tropical que sea. Lloré sobre la mesa, mientras mi amiga pedía otro más de "gordito" con todo. Con todo. Ella quería todo, yo no tenía nada.

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