Me dice que en diez meses viviremos juntos. Ya puso fecha, casa y lugar para que la muñequita quiera jugar a la casita. Se me rompe algo, se astilla por dentro y pienso en que en diez meses yo voy a estar en un ataud, cambiando pañales o con una sonda por sobredosis de mis drogas buenas. Esos no son mis diez meses de horas nalga: son mis diez meses de vivir, no de jugar a vivir.
Me quedé cerca porque me necesitó, así como cualquier otra persona se hubiera quedado. Se quedó porque lo necesité y en esas noches de llanto, de estar paralizada en una esquina sin poder moverme, él llegó para levantarme, ponerme la pastilla bajo la lengua y esperar.
Fue él quien estuvo ahí, mentalmente, mientras yo sostenía la bolsa con los ovarios reventados de mi madre.
Diez meses, río. No lo juzgo, pero su ingenuidad es casi insultante, así como lo es mi alma predadora y navajeada.
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