martes, 25 de febrero de 2014

Huevos fritos

Mi mamá llevaba dos días en la cama, deprimida, agazapada debajo las cobijas, viendo los juegos olímpicos de Invierno. Yo me daba esporádicas vueltas para ver si seguía viva, un asunto que nos persigue de años: yo entro, ella dice que está de la chingada, yo salgo y voy al mundo.
Se sabe que todo está de la chingada cuando la casa apesta a frito, específicamente a huevos fritos. Ese olor es el index de la desgracia, del refrigerador vacío, de la pelea de los padres, de la pobreza y el frío.
Antes me escondía en el sueño, luego me escondía entre los pliegues del magnánimo Edgar, luego en mi ayuno eterno, luego en nada. En contemplar la vida, el techo, las series y dejar que se murieran entre pedazos blancos y amarillos grasosos.
Hambrienta, me cubrí la cabeza y salí a buscar una ensalada. No me acompañaba nadie, entonces podía medir mis pasos como quisiera, con la naturalidad de no ir a prisa, pero tampoco de ir rápido.
"No, yo no vine a este mundo a sufrir", me repetí mientras le daba sorbos a mi jugo de betabel, que si lo miras sin detalle tiene el mismo color de la sangre.

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