Veo la última vitamina verde vejiga del frasco sobre la mesa blanca. Baja por mi traquea no sin antes atorarse un poco. Luego voy por el ácido fólico, la Keratin Enhance y los ácidos omega. Pienso mucho en la manera en la que me convertí en una maniática de la salud nada más por seguir el rastro de vida, por querer vida, por tener un estómago de grapas metálicas que, paradojicamente, me hacen anormalmente sana.
Estoy mal de la cabeza, dicen, porque pienso demasiado tiempo en coger. Estoy mal, dicen, porque debo ser cuidadosa con lo que deseo. Estoy mal, dicen, porque quiero el éxtasis todo el tiempo. Porque amo humo.
Debería sentirme plana, gris y monótona, ¿no?; pero me siento lunar, sonriente y salpicada de ideas o sueños. Otro día. Dejamos para otro día la miseria moral en la que sucumbo.
La oficina es fría y mi mesa está pegajosa, la limpiaré sin que eso haga la diferencia en nada. O en todo. Dejo abierta la posibilidad de la rutina.
Hoy que me bañaba, con ese ritual de shampoo, jabón, exfoliante y crema para la ducha, recordé la simpleza de mis baños de dos canciones. Siete minutos bastaban. Ahorraba agua.
Mis placeres son aquellos que me parecían lejanos: la taza de café antes de cualquier movimiento, el baño caliente, el desmaquillante en toallitas, el vibrador rosa.
Aún no soy ni una flor ni un zorro domesticado, pero qué no pinches mames cerca de ser un lugar común.
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