Una vez nos quedamos viendo como 20 minutos. Eran tiempos más simples, en los que me caí de cuello en un cuarto de hotel de Tlalpan y nos reímos. ¿Dónde quedó la promesa del perro chico, como Rocco y el grande, como Jammal?
No quedó nada en la última conversación que tuvimos, en la que yo, compulsivamente, te pedía que no te fueras. La recordaré como el día en el que no soportaste mi llanto, y colgaste.
Lo demás ha sido un enfrentamiento con mis deseos, en los que en el fondo no deseó llamar a una línea ocupada. En la que no deseo ser la novia de los domingos. En la que deseo ser deseada, apoyada, cubierta para salir disparando.
Me encontré a mi maestro, con su esposa. La tomaba de una mano con una seguridad que reconocí en ti. Era cómo un recuerdo de que el tiempo se había congelado en un instante que ese mismo profesor nos contaba: le había apostado al amor. Y en esa situación, en la que mi madre me acompañaba, entendí qué significa «apostarle al amor» de verdad. Tú y yo no estuvimos lejos de lograrlo. Yo esperé dieciocho meses para que estuvieras listo. Yo esperé con el cuerpo sudado que fueras a recoger ese cuerpo, que te «pertenecía» en un sentido no romántico, sino práctico. Me toca seguir adelante, soltando el cadáver. Cuesta tanto que siete años sean polvo. Y el polvo también hacer arcilla o ladrillos de cocaína.
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