La imagen que me gustó de aquel cuerpo de camisa blanca, sosteniendo la cámara, aplastado por el deseo sudoroso de capturar la imagen que era “necesaria” se borra cada día que lo veo, dudoso, angustiado por los miedos más infantiles y con los deseos más imposibles. No puedo decir nada, porque bajo qué poder mi sueño o mi afán es válido. Yo voy a hacer un doctorado que a quién coños le importa.
Estoy en el café que visitaba con Ariel, mi mejor amigo de meses. Podíamos pasar horas hablando por teléfono, y creo que no necesitaba nada. Él pedía una bebida muy específica, con dobles o triples cargas. Venti es de mal gusto, me decía. Y yo pedía Venti porque sí, porque ya era de mal gusto la situación.
Fue también en este café en donde le dije que estaba por su cuenta, tras cuestionar mi acercamiento con Mitchel Johnson, el piloto asesino gringo que me llevó a Garibaldi a conocer el Tenampa.
Me es fácil abandonar, cortar de tajo, ver las líneas de sangre escurrir. Sé causar dolor y eso me crea una culpa infinita. Sólo protejo a dos o tres personas de mis palabras, entonces para los demás queda la complacencia y la lejanía porque no tiene sentido fingir que soy una buena persona. Soy carne cruda que se pudre día tras día bajo la idea de que es finita.
No busco el perdón de nadie ya. Ariel aprendió a vivir sin mí y yo sin él con el pasar del tiempo. Edgar aprendió a vivir con su inmenso egoísmo y sus mentiras repetidas hasta ser verdad.
Hoy será el día en que deje de ver al hombre de la cámara, porque no me basta con ese vínculo pobre y desahuciado.
Me estoy preparando para mi examen y en ello se me va a ir a la semana. Un paso más para iniciar el doctorado, un paso más cerca para no iniciar el doctorado.
Que alguien me bendiga, me ayude, me salve o me aconseje: nadie me dijo sobre las pésimas decisiones de vida.
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