Estábamos en mi casa, ella sangraba y teníamos que mantenernos en el mood de que no se tomara el ibuprofeno de 800. Vimos películas, nos probamos mis mamelucos. Era el absurdo porque esa cosa sangrienta que se le escurría entre las piernas si se dejaba crecer se convertiría en algo con pies y uñas, como decían en la película de Juno, y usaría mamelucos.
"¿Vamos por un café, güey?" fueron las palabras con las que me mostró que todo ya estaba bien. Y nos sentamos a tomarnos fotos en la mesa de siempre y reímos y volvimos a ser destelleantes, porque por esta vez todo era posible de nuevo. Contrario a lo que se pensaría era abrir una puerta hacia la vida.
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