Siempre que salíamos a la UTA, aparecía una chica con la que él había tenido sexo. Se lo decía y solo reíamos por mi capacidad de leerlo y de leerlas en el momento incómodo. No había gran ciencia.
La primera vez que lo conocí me rompió las medias, tras compartirme de su pinche Jack atesorado. No recuerdo mucho de las dos veces que cogimos, nada de qué acordarse salvo que el condón estuviera ahí. Me dijo muchas veces que jamás bebiera así si no estaba con él, que iba a valer madre. Como profecía autocumplida, valí madres.
Durante meses me dormí en su cama que olía a humedad y a cigarro, donde compartíamos los terrores nocturnos. Algunas veces él lloraba; otras yo, y es que puta poca madre tenía la vida, nos decíamos.
En esos días, a veces fui insoportablemente feliz.
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